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Aún en la distancia del tiempo, guardo en mi memoria los cuentos que la abuela María contaba al calor de la lumbre, en los anocheceres de invierno, en casa de mi amigo Pablo. Esperaba con verdadera ansia que llegara esa hora en la que me sentía la princesa de todos los cuentos y la heroína de todas sus historias. Siempre me dormía recreándome en las escenas que esa noche habían salido de sus labios.
Recuerdo una de esas noches en la que estábamos sentados, como era habitual, alrededor de ella. Yo, como siempre, la última por no querer darme codazos con los demás, pero me sorprendió la voz dulce de la abuela que, levantando la vista por encima de las lentes, dijo:
- “¿Por qué siempre dejáis a Casilda la última?, no veis que es pequeñita y que un día se quedara sin cuello de tanto estirarlo para poder mirarme. Ven aquí, preciosa, ven a sentarte a mis pies, hoy serás tú la princesita de este cuento.
Me puse colorada. Todos me miraban y cuchicheaban entre sí, menos Pablo, que enseguida me dijo: “Ven aquí, Casilda, a mi lado, yo te hago hueco”. Y dando un empujón al de al lado, hizo sitio rápido para mí. Y , ¿sabéis ?, ese día me sentí la personita más importante del universo.
- Bueno niños, atentos, los cuchicheos los dejáis para después, voy a contaros un cuento, hoy de un príncipe y de una princesa y de personajillos de animales que os harán sonreír...
Y todos nos miramos con estupor soltando un ¡¡OHHHHH !! larguísimo.

- Hace muchos pero que, muchos años, en un país muy lejano, vivían en un castillo una preciosa niña con su padre. Los dos eran felices, pero el padre sintió la soledad y al poco tiempo se casó con una mujer viuda que aportó al matrimonio dos hijas más. Las atenciones, desde entonces, fueron para esas dos niñas; y, sobre todo, al morir el padre, la relegaron a la preciosa muchacha a un rincón.
La llamaron, desde entonces, Cenicienta, por estar casi siempre cerca de los fogones, llena de tiznones y ceniza. La mandaban todos los trabajos humillantes de la casa..., era, cómo os diría niños, la sirvienta de la madrastra y de sus dos hijas. Las tres la odiaban porque era un ser bondadoso además de ser mucho más hermosa que las dos hermanastras.

Cenicienta, tenía como amigos a todos los animalitos del castillo, desde los ratoncillos al perro. Los pajarillos venían a despertarla todas las mañanas con sus cantos. Todos eran sus compañeros, todos menos el gato de su madrastra, que era antipático y odioso.
Un día, en el castillo, se recibió la invitación de palacio para el baile de gala que daba el príncipe, con el fin de conocer a todas las mujeres casaderas que existían en el reino. ¡Madre mía !, niños, el jubilo que se organizó en el castillo, hasta Cenicienta se vistió de alegría, pero poco le duró, la llamaban continuamente, con la orden de hazme esto y aquello, y lo otro. Pero sacando fuerzas de sus adentros la muchacha se atrevió a preguntar a la madrastra
- Señora , ¿yo podré ir al baile?
La madrastra riéndose le dijo:
- Pero si no tienes ropa, Cenicienta, ¿cómo te vas a presentar con estos harapos en palacio?
- Bueno, ¿si tengo vestido podré ir?
- Claro que sí - le dijo sonriendo con malicia la perversa señora, creyendo que no podría hacerlo.
Los amiguitos de Cenicienta se pusieron manos a la obra, y le ayudaron a confeccionar el vestido. Cuando la muchacha bajó para reunirse con la madrastra y sus hijas, llevaba su vestido recién terminado. Al vérselo puesto, ¿qué creéis que hicieron, niños? - nos preguntaba la abuela María.
Y todos contestábamos a la vez.: “¡¡Se lo rompieronnnnnnn !!”

- Bien, niños, habéis acertado. Cenicienta se quedó tan triste que no dejó de llorar y llorar. Pero, oídme bien, de repente se hizo un resplandor y apareció un hada madrina que había escuchado el llanto de Cenicienta. Le dijo:
- “No llores más. Yo te ayudaré. Corre, tráeme una calabaza.

Cenicienta obedeció y trajo una hermosa y amarilla calabaza. El hada la tocó con su varita mágica y la convirtió en una preciosa carroza. Luego, hizo lo mismo con los ratoncillos, convirtiéndolos en hermosos y blancos corceles. Al perro y al caballo los convirtió en el cochero y el lacayo. Ya sólo faltaba proporcionarle un bello vestido para la fiesta. El hada tocó con su varita el hombro de la muchacha y, ¡¡¡Dios mío!!!!, se convirtió en una princesa resplandeciente. La única condición que le puso el hada, fue que antes de que dieran las doce campanadas, debía abandonar el baile, porque todo volvería a su ser. Cenicienta se lo prometió y se marchó radiante hacia palacio.

Su entrada fue espectacular. El príncipe, nada más verla, se quedó prendado de ella y la invitó a bailar durante toda la noche. No paraba de interesarse por ella y le preguntaba quién era, pero Cenicienta sonriendo le contestaba:
- No os volveré a ver jamás majestad,.
Y el príncipe le respondía:
- Claro que os volveré a ver, mi princesa.

Pero, mis queridos niños, lo bueno suele durar poco y, en el reloj de la torre de palacio, comenzaron a sonar las campanadas de las 12 de la noche. Cenicienta recordó las palabras del hada y, recogiéndose el vestido, comenzó a correr hacia la salida de palacio en busca de su carroza. En su huida, se le perdió un zapatito de cristal que el príncipe recogió confundido.
El príncipe se encontraba desolado, había conocido a la princesa de sus sueños, y no sabía realmente quién era ni dónde podía encontrarla. Pero, tuvo una feliz idea. Tenia el zapato de la joven, ordenó que recorrieran todo el reino y que probaran el zapato a cuanta joven soltera encontraran. Y así se hizo.
 
Cuando le llegó el turno a Cenicienta el zapato le encajó perfecto en su pie.... Y así niños cuentan que el príncipe y Cenicienta se casaron y que fueron muy, muy felices y comieron muchas... ¿que?
Y todos gritábamos alborozados PERDICESSSSSSSSSSSSSS. Y rompíamos a reír con todas nuestras ganas.

- Bien mis niños, - continuaba la abuela María - ahora os digo la lección que siempre me gusta sacar de las historias que os cuento. Como veis la maldad, no sirve para nada, al final siempre, escuchadme bien, siempre triunfa el bien sobre el mal. No os olvidéis jamás de esto. Y ahora dadme todos un beso y a casita a cenar. Y hasta mañana que volveré a contaros otro cuento.
Y yo siempre me iba al lado de mi amigo Pablo, cuando me
acompañaba a casa, en silencio los dos, pensando en el hermoso cuento que habíamos escuchado.

Adaptación de un cuento de : Perrault.
Contado por :
Tatiana Krahe
Madrid, Otoño 2002.
Imágenes de:





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