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Era
una
tarde
verdaderamente
fría,
de un frío
endemoniado
que aún
hoy me
hace
sentirlo
al
pensar
en ella.
Todos
los niños
jugábamos,
junto al
porche
de la
casa de
mi amigo
Pablo, a
policías
y
ladrones.
Lo hacíamos
con la
intención
de
correr y
sacudirnos
el frío
de
encima.
Todos
llevábamos
guantes
y
grandes
bufandas
que nos
tapaban
hasta la
nariz, y
corríamos
con
todas
nuestras
ganas
para
poder
apresar
a los
ladrones
que corrían
como
poseídos.
A mí me
había
tocado
ser
policía,
como
siempre,
aunque
prefería
ser ladrón,
pero
como
tampoco
me
gustaba
discutir
acataba
sin
rechistar
todo lo
que me
decían.
Pablo,
tenía más
suerte,
siempre
jugaba
de ladrón.
Era
considerado
el capitán
de
nuestro
grupo, y
el que
mandaba
en todo
lo
referente
a
juegos.
Siempre
le pedíamos
su opinión
y él,
con
aires de
importancia,
respondía
diciendo,
juguemos
a esto o
aquello;
y todos
le seguíamos
con
cierta
admiración.
A mí me
tocó
perseguirle
como
policía,
pero por
mucho
que quería
igualarle
jamás
le
alcanzaba.
Era
mayor
que yo y
mucho más
rápido.
Pero se
me
ocurrió
la idea
de
esconderme
sin que
él
llegara
a verme.
Cuando
se dio
cuenta
de que
nadie lo
perseguía,
se paró
sorprendido
y comenzó
a volver
sobre
sus
pasos.
Yo
esperaba
calladita,
casi sin
respirar,
para que
no me
oyera,
esperando
tras el
tronco
de un
gran árbol
que había
plantado
en la
calle. Y
cuando
él pasó,
intentando
llamar
mi
atención
llamándome
a
grandes
gritos,
yo salí
del
escondite
sorprendiéndole:
- ¡Arrestado!
– le
dije. Te
he
pillado
y ahora
derechito
al
calabozo.
A
Pablo no
le gustó
nada y
hasta se
quiso
enfadar
diciendo
que
aquello
no valía
y que
era
trampa.
Pero yo
le
expliqué
muy
seriecita:
- No,
Pablo,
no es
trampa y
tú lo
sabes.
La policía
no sólo
persigue
a los
ladrones
corriendo
detrás
de
ellos. A
veces
saben
por
donde
van a
pasar y
los
esperan.
Él me
miraba
frunciendo
el ceño
y
sorprendido
de que
una niña,
y más
pequeña
que él,
lo
hubiera
atrapado
con mas
astucia
que
fuerza.
Pero
como
también
era muy
testarudo,
no quería
dar su
brazo a
torcer y
en eso
estábamos
discutiendo
cuando oímos
la
llamada
para el
cuento.
- ¡¡Niños!!,
entrad
en la
casa, es
la hora
del
cuento
de la
abuela
María.
Pablo
me sonrió
y dándome
la mano
me dijo:
- Ya
seguiremos
esto
otro día,
pero
no me
has
encarcelado,
¡qué
lo
sepas!
Y
corriendo
hacia la
casa de
su
abuela
me dijo
que me
haría
un hueco
a su
lado
para
escuchar
el
cuento
juntos.
- Bien,
niños,
acercaros
a la
lumbre
con
cuidado,
hoy hace
mucho frío
y os
gustará
sentir
el
calorcito
del
fuego
–
comenzó
diciendo
la
abuela
María-.
Hoy os
voy a
contar
un
cuento
precioso,
el
cuento
de la
bella
durmiente.
Prestad
atención.
Hace
muchos,
pero que
muchos años,
nació
en un
palacio
una
bella
princesita.
Fue una
enorme
alegría
en todo
el
reino,
pues
era muy
esperada
y
deseada
por
todos.
Se hizo
una gran
fiesta
en su
honor
para que
todo el
mundo
pudiera
admirar
la
belleza
de la niña,
y
todas
las
personas
recibieron
su
invitación
para la
fiesta.
También,
cómo
no, se
invitaron
a todas
las
hadas
del
reino a
quienes
les
buscaron
un lugar
privilegiado
en la
mesa.
Las
hadas le
concedieron
a la niña
hermosos
dones y
regalos:
Una, le
concedió
la
belleza;
otra, la
inteligencia;
y la
tercera,
la
gracia y
la
bondad.
Pero los
reyes,
los
padres
de la
princesa,
se
olvidaron
de
invitar
a una
cuarta
hada que
hacía
mucho
tiempo
que vivía
en su
torre,
aislada
del
mundo, y
que la
soledad
la había
convertido
en
malvada.
Pero ésta
se
presentó
en la
fiesta,
aún sin
invitación,
y muy
enfadada
les
dijo:
-
Cuando
la
princesa
cumpla
dieciséis
años,
se
pinchará
con el
huso de
una
rueca y
morirá.
Las
demás
hadas no
pudieron
deshacer
el
hechizo
por
completo
que el
hada
malvada
había
conjurado,
pero sí
pudieron
suavizarlo
un poco
y evitar
la
muerte
de la
princesa,
cambiándolo
por un
largo
sueño
de cien
años y
con la
condición
de que sólo
el beso
de un príncipe
enamorado
la podría
despertar.

Sin
embargo,
el rey
preocupado,
hizo
prohibir
tener
husos o
hilar en
las
casas
bajo
pena de
muerte.
Pasaron
los años,
y la
joven
princesa
se
convirtió
en una
hermosa
muchacha.
Le
gustaba
soñar,
jugar
con los
animalitos
del jardín
y pasear
por las
numerosas
habitaciones
del
castillo.


Un
día,
curioseando
en una
de las
habitaciones,
contempló
a una
anciana
que
estaba
hilando.
A la
princesa,
que nunca
había
visto
una
rueca ni
hilar,
aquello
le llamó
mucho la
atención
y pidió
a la
anciana
mujer
que la
enseñara
a
hacerlo.
Nada
más
coger el
huso se
hirió
en el
dedo y
cayó
desmayada
al
suelo.
El reino
entero
estaba
tan
consternado
por lo
que había
pasado
que
todos
quisieron
sumarse
al largo
sueño
al que
estaba
condenada
la
princesa.
Y una de
las
hadas
buenas
tocó
con su
varita mágica
todas
las
cosas
del
castillo
y todo
se quedó
dormido.
Pasaron
muchos años,
cómo
todo
estaba
sin
vida, el
castillo
se fue
cubriendo
de una
espesa
maleza
que
imposibilitaba
poder
verlo.
Pero un
día, un
príncipe
persiguiendo
a una
pieza en
una
cacería
se
adentró
en esa
maleza y
lo pudo
contemplar.
Su
curiosidad
le hizo
entrar
en el
castillo
y poder
ver a la
princesita
que
yacía
en una
cama,
completamente
dormida
y
hermosa.
Era tal
la
hermosura
de la
joven,
que el
príncipe
se
enamoró
en ese
mismo
momento
de ella.
Se acercó
y le dio
un beso
de amor
en sus
labios.
Y, por
arte de
magia,
mis
queridos
niños,
la
hermosa
princesa
despertó
y con
ella
todos
los
moradores
del
reino.
Cuentan
que el
príncipe
y la
bella
durmiente
se
casaron
y fueron
muy,
muy,
pero que
muy...
– se
quedaba
esperando
la
abuela
nuestra
respuesta-
Y todos
contestábamos
riéndonos
y
fuerte:
-
Felicessssssssssss,
-
rompiendo
ya en
carcajadas.
- Y
bueno-
continuaba
la
abuela
María-,
pues
como podéis
comprobar,
nunca el
mal gana
al bien.
Más
tarde o
más
temprano,
el bien
prevalece
siempre.
Nunca
olvidéis
esta
lección,
mis niños.
Y ahora
dadme un
besito,
y a
vuestras
casas a
cenar y
luego a
la cama.
Mañana
os
contaré
otro que
seguro
os
encantará.
Y, dando
un beso
a la
abuela,
como
cada
noche,
me fui
acompañada
en
silencio
por mi
amigo
Pablo
hacía
mi casa,
mi príncipe
en los
sueños
de mi
alma...
Adaptación
de un
cuento
de :
Perrault.
Contado
por:
Tatiana
Krahe.
Madrid,
Noviembre
2002.

Imágenes
de:






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