Homenaje Póstumo.

 

                            Querido padre:

 

         ¡Cuántas cosas quise decirte y no supe! ¡Cuántas conversaciones íntimas nos fueron negadas por un destino cruel y despiadado que se cebó sobre ti... y por  ende, contra mí!. Dicen que cuando nos faltan los seres queridos, añoramos su presencia y justificamos benevolentemente sus actos. Yo añadiría que el dolor de la ausencia nos permite juzgar de manera más ecuánime situaciones que “in situ”, nos resultaban incomprensibles. Es, al menos, mi experiencia.

 

         Por eso hoy, alejados en lo físico, pero más unidos que nunca en el recuerdo, quiero dar marcha atrás en el reloj de nuestra historia compartida. Una regresión, que dirían los psicólogos, que me permita devolverte lo que en justicia siempre te perteneció, pero que elementos ajenos a mi voluntad te negaron: la retrospección analítica serena y la petición de perdón explícita.

 

         Es cierto que mi infancia estuvo marcada por dos sentimientos contradictorios y enfrentados entre sí: por una parte ese cariño desmedido, esa superprotección con la que me mimabas siempre; por otra, tus relaciones traumáticas, violentas a veces, con mi madre. Durante muchos años esta segunda circunstancia ha pesado excesivamente sobre mi subconsciente, sesgando todo intento de parcialidad y raciocinio.

 

         Nunca escuchaste de mis labios un reproche, aunque a veces, pienso que habría sido lo mejor; pues te hubiese dado la oportunidad de defenderte, de contarme tu versión de los hechos.

 

         -¿Piensas que es agradable para mí? –me habrías contestado-. Idéntica situación viví yo también con mi padre. Y sufría, como tú hoy. Jamás pensé que podría reproducirla y mucho menos, hacerte daño a tí, que eres la gran obra de mi vida; aquello de lo que más orgulloso me siento. Pero la vida es así, hijo mío. Desde muy pequeño tuve que trabajar muy duro, junto a mis hermanos, para mantener mi casa: familia numerosa, mi madre enferma y mi padre muerto a temprana edad. Después me casé con tu madre. Sabes que tu abuela nunca me aceptó y para colmo, debido a mi escasez de recursos, tuve que irme a vivir a su casa.

 

         Y podrías haber continuado, padre, alegando circunstancias a tu favor. Pero ni yo te pedía explicaciones ni tú me las diste nunca.

 

         Recuerdo cuando allá por los años sesenta el “boom” de la emigración a Europa asoló nuestro pequeño pueblo. La mayoría de los cabezas de familia partían esperanzados a trabajar como temporeros a Francia o Alemania. Pero allí quedaban esposas e hijos que tenían que subsistir y comer a diario. Y allí estabas tú, con una generosidad digna de haber sido registrada en el “Guines de los Récords”: “Siempre que yo tenga comestibles en mi tienda –decías- nadie de mi pueblo pasará hambre. Dios me ayudará a mí también”. Y te ayudó. Las “trampas” te comían. Pero tú aguantabas el tipo, soñando que llegara el fin de la temporada para que, agradecidos, la mayoría de aquellos vecinos te devolvieran las cuantiosas sumas que habías ido apuntando en libretas a sus esposas. Algunos incluso no te pagaron. ¡Pero fueron muy pocos...! –decías- Yo he cumplido con mi deber, si no me responden allá ellos con su conciencia...

 

         Como si no te bastara  con esto, cuando te pagaban la deuda, les regalabas una caja de galletas, en agradecimiento porque te devolvían tu dinero.

 

         También recuerdo cuando marché a estudiar, interno, a la Universidad Laboral de Córdoba. Cómo una vez al trimestre alquilabas una furgoneta, la llenabas de géneros que comprabas en la ciudad, para paliar los gastos que te producía el llegarte a visitarme. Compartir un día conmigo. Ver cómo estaba y sobre todo, comprobar que no me faltara dinero.

 

          Cuando a los dieciocho años me trasladé a Barcelona, a trabajar en Correos, tú nunca me pediste “un duro” de mi sueldo. Todo lo contrario, me animabas a ahorrar ya que, “... un día yo tendría que crear mi propia familia...” Y allí también fuiste a visitarme. Nunca me sentí abandonado por ti, a pesar de la lucha interior que sostenía conmigo mismo.

 

           Después me casé y tuve hijos. El cariño desmesurado que siempre me profesaste lo prolongabas ahora a tus nietos y tu nuera. En honor a la verdad, fuiste ampliamente correspondido por ellos. En Ana, mi mujer, siempre tuviste a la más enardecida defensora. No sólo te justificaba ante mí, sino que ha sido ese contrapeso  que ha inclinado siempre a tu favor la balanza de mi juicio. Ella me ha dado razones para entenderte y para amarte.

 

           Una vez jubilado te viniste con mi madre, buscando el cariño de tu único hijo, a vivir cerca de nosotros. Os acogí con alegría pero también con miedo. Mi exacerbado sentido del deber hacía que os atendiera en todo; y cuando llegó la enfermedad vivimos  en la misma casa para poder atenderos mejor. Pero ¿era cariño o cumplimiento de una obligación que siempre tuve clara? Esta pregunta me atormentaba, pues en mi interior sentía que la respuesta a la misma era la segunda opción.

 

          Tengo que terminar ya la carta. Algún ángel con alas amarillas la transportará hasta el Cielo, donde estoy seguro que habitas. Allí se la entregará a algún cartero compañero mío que, como tú, en esta vida fue honrado, generoso, amante de los suyos... Con defectos, como tú, claro que sí, como todos los humanos. El te buscará y te la hará llegar, recibe con ella mi póstumo homenaje.

 

          En las dos últimas noches que pasaste con nosotros traté de decirte todo esto y más. Pero no pude o no supe. Viéndote postrado en el lecho de la muerte, indefenso, entregado, esperando para partir el que tu hijo querido te perdonara ese daño que tú intuías podías haberle causado, sólo pude acompañarte. Solos tú y yo, mi madre dormida, y yo mirándote a la cara, con ojos de compasión y de amor. Ese amor que jamás había sentido y que, sin embargo, te había profesado siempre. Con mis caricias y apretones de manos intentaba tranquilizarte, mitigar tu sufrimiento. Decirte que me sentía orgulloso de ti; que si alguna vez volviera a nacer me gustaría tener un padre idéntico a ti.

 

                             Te quiere siempre... tu hijo.         

 

Francisco Camacho Camacho.

                                                        

 

 

 

Gracias Francisco porque aún sin conocerme, me has dejado poner esta hermosa carta en mi rincón.

Un beso...Tatiana.

 

 

 

 

  

 

 

   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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