Mi querido amigo:

Hoy te escribo desde el dolor, desde el dolor que encoge mi alma a tu partida y por tu ausencia. Veras te extraño en todos mis momentos tantos en los buenos como en los que son malos, añoro al amigo que siempre estaba cuando lo necesitaba, el que dejaba todo por importante que fuera y siempre acudía rápido a mi llamada, el que tranquilizaba mis adentros cuando se hacían marejadas en ellos. Aquel que callado con mi mano abrazada a la suya me escuchaba en silencio y me la apretaba. El que con voz suave, hacia de mi conciencia y me señalaba mis errores sin juzgarme nunca por ellos.

El que me hacia sentirme importante, y me hacía creer en mí, aquel también que me aportaba valentía en mis actos decisivos.

El amigo que nunca me pidió nada y me regalo todo siempre con una sonrisa que iluminaba su cara y ensanchaba grandemente mi corazón herido.

Mi defensor, mi consejero, mi confesor, mi cómplice, mi espejo, mi compañero de juegos y de risas y sobre todas las cosas mi pañuelo de lágrimas.

¡ Ay mi amigo, como te añoro! Hoy he podido comprender, masticar y sentir lo que significa la palabra orfandad, así me siento huérfana, sola y en esta soledad fría te llamo a gritos mudos rezando tu nombre mientras por mi cara ruedan silenciosas gotas que se forman en mis ojos al recordarte.

Antes que nada y después de todo, siempre fuiste mi amigo ¿ Como se puede olvidar eso? Si siempre estábamos tan unidos, que parecíamos el musgo y la roca.

Nunca te olvidare mi amigo querido, mi amigo del alma, te aposentaste en mi corazón una noche fría de otoño y allí te quedaras por siempre, mientras mi corazón tenga un solo soplo de vida…

Solo me atrevo a pedirte una cosa, una sola cosa, recuérdame alguna vez con una gran sonrisa en tu cara.

Te quiero mi amigo. 

 

Tatiana Krahe
Madrid, Junio 2003

 

      La diosa Aclis.

 

 


                

 

 

 

 

 

 

 

     

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