| .

Compañera lejana:
Lejana solo por la ausencia de tu cuerpo, pues tu espíritu nunca se separó de mi. Aún me pone el desayuno, almuerza conmigo, duerme en mi cama, pasea, sonríe, sueña, ama,.... vive a mi lado.
Hace cinco años que te fuiste, cinco largos y eternos años de soledad. ¡Si supieras que solo me encuentro y cuanto te echo de menos!
Muchas noches, queriendo huir de esta soledad y dándole esquinazo para dejarla atrás, rebusco entre tus cosas. Tomo ese álbum de fotos que te regalé en nuestro primer aniversario, con sus pastas llenas de incrustaciones de nácar, a las que tu, siempre que lo cogías para evocar tu juventud, les sacabas brillo con la manga de tu jersey; yo me siento en tu butaca de siempre, de cara a la ventana y hago lo mismo que tu,
Empiezo a ver foto tras foto. Me quedo embobado mirando aquella de la cinta blanca en el pelo, así fue como te conocí y así me gustaría recordarte siempre, pero el tiempo es feroz y no perdona nada. Se va haciendo uno viejo, las carnes se reblandecen, la piel se va arrugando. Lo importante es que aunque nuestros ojos nos vean tal como somos, los ojos del alma nos perciban como éramos antes, alegres, jóvenes, llenos de vida y de libertad.
También me trae muchos recuerdos aquella foto en que estábamos los dos sentados en un banco del parque. Recordarás que le pedimos al guarda que nos la sacara. Cuantas horas y cuantos buenos ratos hemos pasado en aquel parque. Sobre todo en Otoño, recuerdo que te encantaba pasear sintiendo el crujir de las hojas secas bajo tus pies.
En Primavera yo iba arrancando furtivamente algunas florecillas que te ofrecía a ti. Tú las besabas y luego en casa las guardabas entre las hojas de ese libro de poemas que de vez en cuando tomo también entre mis manos. Y cuando lo hago me parece seguir oyendo tu voz, leyéndome poemas mientras yo fumaba tranquilamente mi pipa, sentado en un sofá, mirando las estrellas.
Aún sigo mirándolas todas las noches, pero ya no fumo, ni nadie me lee poemas de amor. Ahora estamos solos ellas y yo, sin tu dulce voz recitando frases, palabras llenas de calor y de sensibilidad.
¡Cuánto pesa la soledad! Parece un arcón cargado de piedras que han ido cayendo como los años, uno tras otro sobre mi existencia. Suelo abrir el libro del recuerdo y veo en su interior lo que antes era mi esperanza de vida, deseando que falte poco para reunirnos otra vez.
Muchas veces necesito comunicarme contigo, pero no voy nunca al cementerio, antes aquella fría losa blanca. Voy al acantilado, me siento en una roca y la mar me trae tu recuerdo. Veo como chocan las olas contra las rocas, con bravura, sin temor, y me recuerdan tu carácter valiente, audaz y firme ante todas las adversidades y todas las rocas de nuestro caminar.
Cuando anochece, me pongo triste porque sé que cuando llegue la hora de cenar volveré a hacerlo solo, porque sé, que cuando me acueste en la cama, estará fría y no tendré tu cuerpo para abrazarlo, ni tu manso susurro al respirar.¡Como me gustaba mirarte mientras dormías!
Siempre viviste y al final te marchaste con una pena, no haberme dado un hijo. Nunca quisimos averiguar la causa de ello, ni saber quien podría ser el responsable de ello, si es que lo había. ¿Para qué?, no era justo hacer sentirse al otro culpable. Ese amor que no pudimos entregar a nuestro hijo lo repartimos también entre nosotros. ¡Que gran amor fue el nuestro! Pero ¿por qué digo fue? Si todavía lo es, yo te amo y tu me amas a mi, allí donde estés. Nadie, ni siquiera el tiempo podrá impedirlo. Porque mi amor, es un amor alimentado en la esperanza y en la fé de que un día nos reuniremos de nuevo.
¡Que ganas tengo de que llegue ese día! Se que la mar vendrá a buscarme, despacito, en silencio, para llevarme a ti, y cabalgando sobre las olas llevaré una flor en la mano, te la daré, la besaras y juntaremos nuestro atardecer.

Madrid a 18 de Marzo de 1980

Gracias, mil gracias Juan Pedro porque... has querido
estar con esta hermosa carta en mi rincón.
Un beso...Tatiana.







|