Cuando se encadene
el beso sobre el beso
y nuestras manos se anuden
como la hiedra al muro,
tañeran todas las campanas
de la tierra a vísperas
y ya siempre seremos uno.

Cuando gritemos nuestros nombres
al filo de la montaña
rodaran fundidos
como un río de viento,
hasta el mar de la noche,
con la voz prestada del eco.

Cuando sembremos de amor
el otoño de nuestros días
florecerá,
en el secreto del vientre,
la dulce y esperada semilla.

Ese día, amor, nos conducirá
un orfeón de arcángeles
cantando aleluyas
y unidos, eternamente,
caminaremos al edén
que siempre hemos soñado.

Tatiana Krahe.
Madrid, Septiembre 2002.