Juan Ramón Jiménez.

 

 

Juan Ramón Jiménez, nace en Moguer ( Huelva) en el año 1881. Su infancia según él mismo cuenta esta marcada por puertas y ventanas. Él se asomaba a ver la vida desde ellas. Estudia en los Jesuitas, luego va para Sevilla a estudiar derecho, carrera impuesta más por su padre que por él mismo, y que nunca terminaría. Se dedica más a la poesía y a la pintura. En 1.900 se traslada a Madrid, pero solo esta dos meses, enfermó y vuelve a Moguer. Fue un hombre depresivo, solitario y le marca muchísimo la muerte de su padre. Se enamora perdidamente de Zenobia Camprubi, y después de muchos años ella le acepta y se casan. Al estallar la guerra civil española abandona España. El año 1.956 tuvo para él las dos caras de la moneda, la alegría por la concesión del Premio Nóbel y por la de la tristeza, muere Zenobia, ella le marco durante toda su vida, a los dos años muere en una desolación total en Puerto Rico.

La que habla.  El día bello.  Cenit.  Desnudos.  El todo.  Entresueño.  Canción de cuna.  Poemas mágicos y dolientes. El ser uno.  Andando. El viaje definitivo.  Platero y yo ( Fragmento.)

La que habla.

Cállate, por Dios, que tú
no vas a saber decírmelo;
deja que abran todos mis
sueños y todos mis lirios.

Mi corazón oye bien
la letra de tu cariño…
el agua lo va contando
entre las flores del río;

lo va soñando la niebla,
lo están llorando los pinos,
y la luna rosa y el
corazón de tu molino…

No apagues, por Dios, la luz
que arde dentro de mí mismo…
Cállate, por Dios, que tú
no vas a saber decírmelo… 

El día perro. 

Y en todo desnuda tú. 

He visto la aurora rosa 
y la mañana celeste, 
he visto la tarde verde 
y he visto la noche azul. 

Y en todo desnuda tú. 

Desnuda en la noche azul, 
desnuda en la tarde verde 
y en la mañana celeste, 
desnuda en la aurora rosa. 

Y en todo desnuda tú.

Cenit.

Yo no seré yo, muerte, 
hasta que tú te unas con mi vida 
y me completes así todo; 
hasta que mi mitad de luz se cierre 
con mi mitad de sombra 
—y sea yo equilibrio eterno 
en la mente del mundo: 
unas veces, mi medio yo, radiante; 
otras, mi otro medio yo, en olvido—. 

Yo no seré yo, muerte, 
hasta que tú, en tu turno, vistas 
de huesos pálidos mi alma.

Desnudos.

Por el mar vendrán 
las flores del alba 
(olas, olas llenas 
de azucenas blancas), 
el gallo alzará 
su clarín de plata. 

(¡Hoy! te diré yo 
tocándote el alma) 

¡Oh, bajo los pinos, 
tu desnudez malva, 
tus pies en la tierna 
hierba con escarcha, 
tus cabellos verdes 
de estrellas mojadas! 

(...Y tú me dirás 
huyendo: Mañana) 

Levantará el gallo 
su clarín de llama, 
y la aurora plena, 
cantando entre granas, 
prenderá sus fuegos 
en las ramas blandas. 

(¡Hoy! te diré yo 
tocándote el alma) 

¡Oh, en el sol nacido, 
tus sienes doradas, 
los ojos inmensos 
de tu cara maga, 
evitando azules 
mis negras miradas! 

(...Y tú me dirás 
huyendo: Mañana)

El todo.

No recordar nada... 
Que me hunda la noche callada, 
como una bandada 
blanda y acabada. 

(Que no quede nada... 
Que pase la mujer amada 
por una dejada 
estancia soñada) 

No desear nada... 
Perderse en la idea sagrada, 
como una dorada 
sombra en la alborada.

Entre sueño.

Que yo estoy en la tierra, 
que yo soy calle oscura y mala, 
jaula fría y mohosa, 
campo cerrado siempre 
¿quién lo podrá negar? 

Que tú estás por el cielo, 
que tú eres nube de colores, 
pájaro errante y libre, 
brisa de última hora, 
¿quién lo podrá negar?

Canción de cuna.

No; dormida,
no te beso.
Tú me has dado tu alma
con tus ojos abiertos
¡oh jardín estrellado!
a tu cuerpo.
No, dormida no eres
tú... No, no, ¡no te beso!
... Infiel te fuera a ti si te besara
a ti...
No, no,
no te beso...

Poemas mágicos y dolientes. 

Impenetrable es tu frente, cual un muro.

Tan cerca de los ojos, ¿cómo retiene preso 

tu pensamiento? ¿Cómo su recinto es oscuro, 

bajo el cabello de oro, sobre el radiante beso?

Con la movilidad del foso de tus ojos,

la fijeza de dardo de los míos esquivas;

a veces, brillan dentro como ponientes rojos,

a veces, como rápidas estrellas pensativas-.

¡Mujer, que yo lo vea! Libra de sus penosas

dudas a este constante asedio de mis penas;

¡quiero saber si tu alma es un jardín de rosas,

o un pozo verde, con serpientes y cadenas!

El ser uno.

Que nada me invada de fuera, 
que sólo me escuche yo dentro. 
Yo dios 
de mi pecho. 

(Yo todo: poniente y aurora; 
amor, amistad, vida y sueño. 
Yo solo 
universo). 

Pasad, no penséis en mi vida, 
dejadme sumido y esbelto. 
Yo uno 
en mi centro.

Andando.

Andando, andando. 
Que quiero oír cada grano 
de la arena que voy pisando. 

Andando. 
Dejad atrás los caballos, 
que yo quiero llegar tardando 
(andando, andando) 
dar mi alma a cada grano 
de la tierra que voy rozando. 

Andando, andando. 
¡Qué dulce entrada en mi campo, 
noche inmensa que vas bajando! 

Andando. 
Mi corazón ya es remanso; 
ya soy lo que me está esperando 
(andando, andando) 
y mi pie parece, cálido, 
que me va el corazón besando. 

Andando, andando. 
¡Que quiero ver el fiel llanto 
del camino que voy dejando!

El viaje definitivo.

…Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando;
y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco.

Todas la tardes, el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando, 
las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu errará, nostálgico…

Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido…
Y se quedarán los pájaros cantando.

Platero y yo ( Fragmento)

"Camino"

¡Qué de hojas han caído la noche pasada, Platero! Parece que los árboles han dado una vuelta y tienen la copa en el suelo y en el cielo las raíces, en un anhelo de sembrarse en él. Mira ese chopo: parece Lucía, la muchacha titiritera del circo, cuando derramada la cabellera de fuego en la alfombra, levanta, unidas sus finas piernas bellas, que alarga la malla gris.

Ahora, Platero, desde la desnudez de las ramas, los pájaros nos verán entre las hojas de oro, como nosotros los veíamos a ellos entre las hojas verdes, en la primavera. La canción suave que antes cantaron las hojas arriba, ¡en qué seca oración arrastrada se ha tornado abajo!

¿Ves el campo, Platero, todo lleno de hojas secas? Cuando volvamos por aquí, el domingo que viene, no verás una sola. No sé dónde se mueren. Los pájaros, en su amor de la primavera, han debido decirles el secreto de ese morir bello y oculto, que no tendremos tú ni yo, Platero...

 

 

 

Juan Ramón Jimenez

 

 

 

 

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