MIGUEL HERNÁNDEZ.

 

 

Miguel Hernández, nació en Orihuela ( Alicante ) el 30 de Octubre de 1.910. Hijo de familia muy humilde, ejerce de pastor., aún así asiste a clase, y destaca por su increíble talento. Pero tuvo que abandonarlas para seguir en el pastoreo, le consuela que  lee muchos libros de poesía a Gabriel y Galán, Miro, Zorrilla, Rubén Darío. En 1.931 viaja a Madrid , allí recibe la influencia de Pablo Neruda y Vicente Aleixandre y determinan su abandono de la religión católica  y se compromete con la izquierda. Estalla la guerra, y se une al bando de la republica, se despide de los suyos, y va al frente. En una escapada se casa en Orihuela con Josefina Manresa. Luego ya es un peregrinar por las cárceles españolas. Y con 31 años de edad muere de una tuberculosis  el 28 de Marzo de 1.942.


 

Nanas de la cebolla.  Menos tu vientre.  Ante la vida sereno.  Mis ojos.  Ya se desembaraza.  Pirotécnicos pórticos.  Me tiraste un limón.  Tu corazón.  Por tu pie.  Fuera menos penado.  Te me mueres.  Una querencia.  Me llamo.  Yo sé.  No me conformo.  Recuerdas.  Al derramar.  Soneto final.

 

Nanas de la cebolla

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

 En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

 Una mujer morena
resuelta en luna
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño
que te traigo la luna
cuando es preciso.

 Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en tus ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que mi alma al oírte
bata el espacio.

 Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

 Es tu risa la espada
más victoriosa,
vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de ni amor.

 La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuántos jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!

 Desperté de ser niño:
nunca despiertes.
Triste llevo la boca:
ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

 Ser de vuelo tan lato,
tan extendido,
que tu carne es le cielo
recién nacido.

 ¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!

 Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

 Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

 Vuela niño en la doble
luna del pecho:
él, triste de cebolla,
tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.

Menos tu vientre.

Menos tu vientre
todo es confuso.

Menos tu vientre
todo es futuro
fugaz, pasado
 baldío, turbio

Menos tu vientre
todo es oculto,
menos tu vientre
todo inseguro,
todo es postrero
polvo del mundo.

Menos tu vientre
todo es oscuro,
menos tu vientre
  claro y profundo..

 

Ante la vida sereno

Ante la vida, sereno
y ante la muerte, mayor;
si me matan, bueno:
si vivo, mejor.

No soy la flor del centeno
que tiembla al viento menor.
Si me matan bueno:
si vivo, mejor.

Aquí estoy, vivo y moreno,
de mi estirpe defensor.
Si me matan, bueno:
                        si vivo, mejor.                         

       Ni al relámpago ni al trueno
puedo tenerles temor.
Si me matan, bueno:
si vivo, mejor.

Traidores me echan veneno
y yo les echo valor.
Si me matan, bueno:
si vivo, mejor.

El corazón traigo lleno
de un alegre resplandor.
Si me matan, bueno:
 si vivo, mejor.

Mis ojos

Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos,
que son dos hormigueros solitarios,
y son mis manos sin las tuyas varios
intratables espinos a manojos..

No me encuentro los labios sin tus rojos,
que me llenan de dulces campanarios,
sin ti mis pensamientos son calvarios
criando nardos y agostando hinojos.

No sé qué es de mi oreja sin tu acento,
ni hacia qué polo yerro sin tu estrella,
y mi voz sin tu trato se afemina.

Los olores persigo de tu viento
y la olvidada imagen de tu huella,
que en ti principia, amor, y en mí termina.

Ya se desembaraza

Ya se desembaraza y se desmiembra
el Angélico lirio de la cumbre,
y al desembarazarse da un relumbre
que de un puro relámpago me siembra.

Es el tiempo del macho y de la hembra,
y una necesidad, no una costumbre,
besar, amar en medio de esta lumbre
que el destino decide de la siembra.

Toda la creación busca pareja:
se persiguen los picos y los huesos,
hacen la vida par todas las cosas.

En una soledad impar que aqueja,
yo entre esquilas sonantes como besos
y corderas atentas como esposas.


Pirotécnicos pórticos


Pirotécnicos pórticos de azahares,
que glorificarán los ruy-señores
pronto con sus noctámbulos ardores,
conciertan los amargos limonares.

Entusiasman los aires de cantares
fervorosos y alados contramores,
y el giratorio mundo va a mayores
por arboledas, campos y lugares.

La sangre está llegando a su apogeo
en torno a las criaturas, como palma
de ansia y de garganta inagotable.

¡Oh, primavera verde de deseo,
qué martirio tu vista dulce y alma
para quien anda solo y miserable!

Me tiraste un limón

Me tiraste un limón, y tan amargo
con una mano cálida, y tan pura,
que no menoscabó su arquitectura
y probé su amargura sin embargo.

Con el golpe amarillo, de un letargo
dulce pasó a una ansiosa calentura
mi sangre, que sintió una mordedura
de una punta de seno duro y largo.

Pero al mirarte y verte la sonrisa
que te produjo el limonado hecho,
a mi voraz malicia tan ajena,

se me durmió la sangre en la camisa,
y se volvió el poroso y áureo pecho
una picuda y deslumbrante pena.

Tu corazón

    Tu corazón, una naranja helada
    con un dentro sin luz de dulce miera
    y una porosa vista de oro: un fuera
    venturas prometiendo a la mirada.

    Mi corazón, una febril granada
    de agrupado rubor y abierta cera,
    que sus tiernos collares te ofreciera
    con una obstinación enamorada.

    ¡Ay, qué acometimiento de quebranto
    ir a tu corazón y hallar un hielo
    de irreductible y pavorosa nieve!

    Por los alrededores de mi llanto
    un pañuelo sediento va de vuelo
    con la esperanza de que en él lo abreve.

     

    Por tu pie

    Por tu pie, la blancura más bailable,
    donde cesa en diez partes tu hermosura,
    una paloma sube a tu cintura,
    baja a la tierra un nardo interminable.

    Con tu pie vas poniendo lo admirable
    del nácar en ridícula estrechura,
    y donde va tu pie va la blancura,
    perro sembrado de jazmín calzable.

    A tu pie, tan espuma como playa,
    arena y mar me arrimo y desarrimo
    y al redil de su planta entrar procuro.

    Entro y dejo que el alma se me vaya
    por la voz amorosa del racimo:
    pisa mi corazón que ya es maduro.

    Fuera menos penado

    Fuera menos penado si no fuera
    nardo tu tez para mi vista, nardo,
    cardo tu piel para mi tacto, cardo,
    tuera tu voz para mi oído, tuera.

    Tuera es tu voz para mi oído, tuera,
    y ardo en tu voz y en tu alrededor ardo,
    y tardo a arder lo que a ofrecerte tardo
    miera, mi voz para la tuya miera.

    Zarza es tu mano si la tiento, zarza,
    ola tu cuerpo si la alcanzo, ola,
    cerca una vez pero un millar no cerca.

    Garza es mi pena, esbelta y triste garza,
    sola como un suspiro y un ay, sola,
    terca en su error y en su desgracia terca.


    Te me mueres

    Te me mueres de casta y de sencilla:
    estoy convicto, amor, estoy confeso
    de que, raptor intrépido de un beso,
    yo te libé la flor de la mejilla.

    Yo te libé la flor de la mejilla,
    y desde aquella gloria, aquel suceso,
    tu mejilla, de escrúpulo y de peso,
    se te cae deshojada y amarilla.

    El fantasma del beso delincuente
    el pómulo te tiene perseguido,
    cada vez más patente, negro y grande.

    Y sin dormir estás, celosamente,
    vigilando mi boca ¡con qué cuido!
    para que no se vicie y se desmande.


    Una querencia

    Una querencia tengo por tu acento
    una apetencia por tu compañía
    y una dolencia de melancolía
    por la ausencia del aire de tu viento.

    Paciencia necesita mi tormento,
    urgencia de tu garza galanía,
    tu clemencia solar mi helado día,
    tu asistencia la herida en que lo cuento.

    ¡Ay querencia, dolencia y apetencia!:
    tus sustanciales besos, mi sustento,
    me faltan y me muero sobre mayo.

    Quiero que vengas, flor, desde tu ausencia.
    a serenar la sien del pensamiento
    que desahoga en mí su eterno rayo.

     

    Me llamo

      Me llamo barro aunque Miguel me llame.
      Barro es mi profesión y mi destino
      que mancha con su lengua cuanto lame.

      Soy un triste instrumento del camino.
      Soy una lengua dulcemente infame
      a los pies que idolatro desplegada.

      Como un nocturno buey de agua y barbecho
      que quiere ser criatura idolatrada,
      embisto a tus zapatos y a sus alrededores,
      y hecho de alfombras y de besos hecho
      tu talón que me injuria beso y siembro de flores.

      Coloco relicarios de mi especie
      a tu talón mordiente, a tu pisada,
      y siempre a tu pisada me adelanto
      para que tu impasible pie desprecie
      todo el amor que hacia tu pie levanto.

      Más mojado que el rostro de mi llanto,
      cuando el vidrio lanar del hielo bala,
      cuando el invierno tu ventana cierra
      bajo a tus pies un gavilán de ala,
      de ala manchada y corazón de tierra
      Bajo a tus pies un ramo derretido
      de humilde miel pataleada y sola,
      un despreciado corazón caído
      en forma de alga y en figura de ola.

      Barro en vano me invisto de amapola,
      barro en vano vertiendo voy mis brazos,
      barro en vano te muerdo los talones,
      dándole a malheridos aletazos
      sapos como convulsos corazones.

      Apenas si me pisas, si me pones
      la imagen de tu huella sobre encima,
      se despedaza y rompe la armadura
      de arrope bipartido que me ciñe la boca
      en carne viva y pura,
      pidiéndote a pedazos que la oprima
      siempre tu pie de liebre libre y loca.

      Su taciturna nata se arracima,
      los sollozos agitan su arboleda
      de lana cerebral bajo tu paso.
      Y pasas, y se queda
      incendiando su cera de invierno ante el ocaso,
      mártir, alhaja y pasto de la rueda.

      Harto de someterse a los puñales
      circulantes del carro y la pezuña,
      teme del barro un parto de animales
      de corrosiva piel y vengativa uña.

      Teme que el barro crezca en un momento,
      teme que crezca y suba y cubra tierna,
      tierna y celosamente
      tu tobillo de junco, mi tormento,
      teme que inunde el nardo de tu pierna
      y crezca más y ascienda hasta tu frente.

      Teme que se levante huracanado
      del bando territorio del invierno
      y estalle y truene y caiga diluviado
      sobre tu sangre duramente tierno.

      Teme un asalto de ofendida espuma
      y teme un amoroso cataclismo.

      Antes que la sequía lo consuma
      el barro ha de volverte de lo mismo.

      Yo sé 

      Yo sé que ver y oír a un triste enfada
      cuando se viene y va de la alegría
      como un mar meridiano a una bahía,
      a una región esquiva y desolada.

      Lo que he sufrido y nada todo es nada
      para lo que me queda todavía
      que sufrir, el rigor de esta agonía
      de andar de este cuchillo a aquella espada.

      Me callaré, me apartaré si puedo
      con mi constante pena, instante, plena,
      a donde ni has de oírme ni he de verte.

      Me voy, me voy, me voy, pero me quedo,
      pero me voy, desierto y sin arena:
      adiós, amor, adiós, hasta la muerte.


      No me conformo

      No me conformo, no: me desespero
      como si fuera un huracán de lava
      en el presidio de una almendra esclava
      o en el penal colgante de un jilguero.

      Besarte fue besar un avispero
      que me clama al tormento y me desclava
      y cava un hoyo fúnebre y lo cava
      dentro del corazón donde me muero.

      No me conformo, no: ya es tanto y tanto
      idolatrar la imagen de tu beso
      y perseguir el curso de tu aroma.

      Un enterrado vivo por el llanto,
      una revolución dentro de un hueso,
      un rayo soy sujeto a una redoma.

      Recuerdas

      Recuerdas aquel cuello, haces memoria
      del privilegio aquel, de aquel aquello
      que era, almenadamente blanco y bello,
      una almena de nata giratoria?

      Recuerdo y no recuerdo aquella historia
      de marfil expirado en un cabello,
      donde aprendió a ceñir el cisne cuello
      y a vocear la nieve transitoria.

      Recuerdo y no recuerdo aquel cogollo
      de estrangulable hielo femenino
      como una lacteada y breve vía.

      Y recuerdo aquel beso sin apoyo
      que quedó entre mi boca y el camino
      de aquel cuello, aquel beso y aquel día.



      Al derramar


      Al derramar tu voz su mansedumbre
      de miel bocal, y al puro bamboleo,
      en mis terrestres manos el deseo
      sus rosas pone al fuego de costumbre.

      Exasperado llego hasta la cumbre
      de tu pecho de isla, y lo rodeo
      de un ambicioso mar y un pataleo
      de exasperados pétalos de lumbre.

      Pero tú te defiendes con murallas
      de mis alteraciones codiciosas
      de sumergirse en tierras y océanos.

      Por piedra pura, indiferente, callas:
      callar de piedra, que otras y otras rosas
      me pones y me pones en las manos.

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      Soneto final

       Por desplumar arcángeles glaciales,
             la nevada lilial de esbeltos dientes
             es condenada al llanto de las fuentes
             y al desconsuelo de los manantiales.

              Por difundir su alma en los metales,
              por dar el fuego al hierro sus orientes,
              al dolor de los yunques inclementes
             lo arrastran los herreros torrenciales.

               Al doloroso trato de la espina,
               al fatal desaliento de la rosa
                y a la acción corrosiva de la muerte

                  arrojado me veo, y tanta ruina
              no es por otra desgracia ni por otra cosa
                 que por quererte y sólo por quererte.

                

 

         Miguel Hernández.

 

 

 

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