PEDRO SALINAS.

 

 

Pedro Salinas Serrano. Nació en Madrid en 1.892, murió a los sesenta años de edad en Bostón en el año 1.951. Fue profesor en diversas universidades (La Sorbona, Sevilla, Cambridge, Murcia) Al terminar la guerra civil española se exilio, y ejercicio su profesión en numerosas universidades americanas. Se le considera perteneciente a la generación del 27. Es representante de la poesía pura. Y uno de los que han cantado al amor más hondamente.

 

Pensar en ti.  Ayer te bese en los labios.  Si me llamaras si...  La memoria de las manos.  Para vivir no quiero.  Anoche.  Amor, amor catástrofe.  Razón de amor.  La sin pruebas.  Cuanto rato te he mirado.  El contemplado.  El alma tenias.  la forma de querer tú.  Lo que eres.  Perdóname.  Tú no puedes quererme.

Pensar en ti.

Pensar en ti esta noche
no era pensarte con mi pensamiento,
yo solo, desde mí. Te iba pensando
conmigo, extensamente, el ancho mundo.
El gran sueño del campo, las estrellas,
callado el mar, las hierbas invisibles,
sólo presentes en perfumes secos,
todo,
de Aldebarán al grillo te pensaba. 

¡Qué sosegadamente
se hacía la concordia
entre las piedras, los luceros,
el agua muda, la arboleda trémula,
todo lo inanimado,
y el alma mía
dedicándolo a ti! Todo acudía
dócil a mi llamada, a tu servicio,
ascendido a intención y a fuerza amante.
Concurrían las luces y las sombras
a la luz de quererte; concurrían
el gran silencio, por la tierra, plano,
suaves voces de nubes, por el cielo,
al cántico hacia ti que en mi cantaba.
Una conformidad de mundo y ser,
de afán y tiempo, inverosímil tregua,
se entraba en mí, como la dicha entera
cuando llega sin prisa, beso a beso.
Y casi
dejé de amarte por amarte más,
en más que en mí, inmensamente confiando
ese empleo de amar a la gran noche
errante por el tiempo y ya cargada
de misión, misionera
de un amor vuelto estrellas, calma, mundo,
salvado ya del miedo
al cadáver que queda si se olvida. 

Ayer te bese en los labios.

Ayer te besé en los labios. 
Te besé en los labios. Densos, 
rojos. Fue un beso tan corto 
que duró más que un relámpago, 
que un milagro, más. 
El tiempo 
después de dártelo 
no lo quise para nada 
ya, para nada 
lo había querido antes. 
Se empezó, se acabó en él. 

Hoy estoy besando un beso; 
estoy solo con mis labios. 
Los pongo 
no en tu boca, no, ya no 
¿adónde se me ha escapado?. 
Los pongo 
en el beso que te di 
ayer, en las bocas juntas
del beso que se besaron. 
Y dura este beso más 
que el silencio, que la luz. 
Porque ya no es una carne 
ni una boca lo que beso, 
que se escapa, que me huye. 
No. 
Te estoy besando más lejos.

Si me llamaras si...

¡Si me llamaras, sí; 
si me llamaras! 

Lo dejaría todo, 
todo lo tiraría: 
los precios, los catálogos, 
el azul del océano en los mapas, 
los días y sus noches, 
los telegramas viejos 
y un amor. 
Tú, que no eres mi amor, 
¡si me llamaras! 

Y aún espero tu voz: 
telescopios abajo, 
desde la estrella, 
por espejos, por túneles, 
por los años bisiestos 
puede venir. No sé por dónde. 
Desde el prodigio, siempre. 
Porque si tú me llamas 
¡si me llamaras, sí, si me llamaras! 
será desde un milagro, 
incógnito, sin verlo. 
Nunca desde los labios que te beso, 
nunca 
desde la voz que dice: «No te vayas».

La memoria de las manos.

Hoy son las manos la memoria. 
El alma no se acuerda, está dolida 
de tanto recordar. Pero en las manos 
queda el recuerdo de lo que han tenido. 


Recuerdo de una piedra 
que hubo junto a un arroyo 
y que cogimos distraídamente 
sin darnos cuenta de nuestra ventura. 
Pero su peso áspero, 
sentir nos hace que por fin cogimos 
el fruto más hermoso de los tiempos. 
A tiempo sabe 
el peso de una piedra entre las manos. 
En una piedra está 
la paciencia del mundo, madurada despacio. 
Incalculable suma 
de días y de noches, sol y agua 
la que costó esta forma torpe y dura 
que acariciar no sabe y acompaña 
tan sólo con su peso, oscuramente. 
Se estuvo siempre quieta, 
sin buscar, encerrada, 
en una voluntad densa y constante 
de no volar como la mariposa, 
de no ser bella, como el lirio, 
para salvar de envidias su pureza. 
¡Cuántos esbeltos lirios, cuántas gráciles 
libélulas se han muerto, allí, a su lado 
por correr tanto hacia la primavera! 
Ella supo esperar sin pedir nada 
más que la eternidad de su ser puro. 
Por renunciar al pétalo, y al vuelo, 
está viva y me enseña 
que un amor debe estarse quizá quieto, muy quieto, 
soltar las falsas alas de la prisa, 
y derrotar así su propia muerte. 


También recuerdan ellas, mis manos, 
haber tenido una cabeza amada entre sus palmas. 
Nada más misterioso en este mundo. 
Los dedos reconocen los cabellos 
lentamente, uno a uno, como hojas 
de calendario: son recuerdos 
de otros tantos, también innumerables 
días felices 
dóciles al amor que los revive. 
Pero al palpar la forma inexorable 
que detrás de la carne nos resiste 
las palmas ya se quedan ciegas. 
No son caricias, no, lo que repiten 
pasando y repasando sobre el hueso: 
son preguntas sin fin, son infinitas 
angustias hechas tactos ardorosos. 
Y nada les contesta: una sospecha 
de que todo se escapa y se nos huye 
cuando entre nuestras manos lo oprimimos 
nos sube del calor de aquella frente. 
La cabeza se entrega. ¿Es la entrega absoluta? 
El peso en nuestras manos lo insinúa, 
los dedos se lo creen, 
y quieren convencerse: palpan, palpan. 
Pero una voz oscura tras la frente, 
—¿nuestra frente o la suya?— 
nos dice que el misterio más lejano, 
porque está allí tan cerca, no se toca 
con la carne mortal con que buscamos 
allí, en la punta de los dedos, 
la presencia invisible. 
Teniendo una cabeza así cogida 
nada se sabe, nada, 
sino que está el futuro decidiendo 
o nuestra vida o nuestra muerte 
tras esas pobres manos engañadas 
por la hermosura de lo que sostienen. 
Entre unas manos ciegas 
que no pueden saber. Cuya fe única 
está en ser buenas, en hacer caricias 
sin casarse, por ver si así se ganan 
cuando ya la cabeza amada vuelva 
a vivir otra vez sobre sus hombros, 
y parezca que nada les queda entre las palmas, 
el triunfo de no estar nunca vacías. 

Para vivir no quiero.

Para vivir no quiero 
islas, palacios, torres. 
¡Qué alegría más alta: 
vivir en los pronombres! 


Quítate ya los trajes, 
las señas, los retratos; 
yo no te quiero así, 
disfrazada de otra, 
hija siempre de algo. 
Te quiero pura, libre, 
irreductible: tú. 
Sé que cuando te llame 
entre todas las gentes 
del mundo, 
sólo tú serás tú. 
Y cuando me preguntes 
quién es el que te llama, 
el que te quiere suya, 
enterraré los nombres, 
los rótulos, la historia. 
Iré rompiendo todo 
lo que encima me echaron 
desde antes de nacer. 
Y vuelto ya al anónimo 
eterno del desnudo, 
de la piedra, del mundo, 
te diré: 
«Yo te quiero, soy yo».

Anoche.

Anoche se me ha perdido 
en la arena de la playa 
un recuerdo 
dorado, viejo y menudo 
como un granito de arena. 
¡Paciencia! La noche es corta. 
Iré a buscarlo mañana... 
Pero tengo miedo de esos 
remolinos nocherniegos 
que se llevan en su grupa 
¡Dios sabe adónde! la arena 
menudita de la playa.

Amor, Amor catástrofe.

Amor, amor, catástrofe. 
¡Qué hundimiento del mundo! 
Un gran horror a techos 
quiebra columnas, tiempos; 
los reemplaza por cielos 
intemporales. Andas, ando 
por entre escombros 
de estíos y de inviernos 
derrumbados. Se extinguen 
las normas y los pesos. 
Toda hacia atrás la vida 
se va quitando siglos, 
frenética, de encima; 
desteje, galopando, 
su curso, lento antes; 
se desvive de ansia 
de borrarse la historia, 
de no ser más que el puro 
anhelo de empezarse 
otra vez. El futuro 
se llama ayer. Ayer 
oculto, secretísimo, 
que se nos olvidó 
y hay que reconquistar 
con la sangre y el alma, 
detrás de aquellos otros 
ayeres conocidos. 
¡Atrás y siempre atrás! 
¡Retrocesos, en vértigo, 
por dentro, hacia el mañana! 
¡Que caiga todo! Ya 
lo siento apenas. Vamos, 
a fuerza de besar, 
inventando las ruinas 
del mundo, de la mano 
tú y yo 
por entre el gran fracaso 
de la flor y del orden. 
Y ya siento entre tactos, 
entre abrazos, tu piel, 
que me entrega el retorno 
al palpitar primero, 
sin luz, antes del mundo, 
total, sin forma, caos.

Razón de Amor.

¡Cómo me dejas que te piense! 
Pensar en ti no lo hago solo, yo. 
Pensar en ti es tenerte, 
como el desnudo cuerpo ante los besos, 
toda ante mí, entregada. 
Siento cómo te das a mi memoria, 
cómo te rindes al pensar ardiente, 
tu gran consentimiento en la distancia. 
Y más que consentir, más que entregarte, 
me ayudas, vienes hasta mí, me enseñas 
recuerdos en escorzo, me haces señas 
con las delicias, vivas, del pasado, 
invitándome. 
Me dices desde allá 
que hagamos lo que quiero 
unirnos al pensarte. 
Y entramos por el beso que me abres, 
y pensamos en ti, los dos, yo solo.

La sin pruebas.

¡Cuando te marchas, qué inútil 
buscar por dónde anduviste, 
seguirte! 
Si has pisado por la nieve 
sería como las nubes 
su sombra, sin pies, sin peso 
que te marcara. 
Cuando andas 
no te diriges a nada 
ni hay senda que luego diga: 
«Pasó por aquí.» 
Tú no sales del exacto 
centro puro de ti misma: 
son los rumbos confundidos 
los que te van al encuentro. 
Con la risa o con las voces 
tan blandamente 
descabalas el silencio 
que no le duele, que no 
te siente: 
se cree que sigue entero. 
Si por los días te busco 
o por los años 
no salgo de un tiempo virgen: 
fue ese año, fue tal día, 
pero no hay señal: 
no dejas huella detrás. 
Y podrás negarme todo, 
negarte a todo podrás, 
porque te cortas los rastros 
y los ecos y las sombras. 
Tan pura ya, tan sin pruebas 
que cuando no vivas más 
yo no sé en qué voy a ver 
que vivías, 
con todo ese blanco inmenso 
alrededor, que creaste.

Cuanto rato te he mirado.

¡Cuánto rato te he mirado 
sin mirarte a ti, en la imagen 
exacta e inaccesible 
que te traiciona el espejo! 
«Bésame», dices. Te beso, 
y mientras te beso pienso 
en lo fríos que serán 
tus labios en el espejo. 
«Toda el alma para ti», 
murmuras, pero en el pecho 
siento un vacío que sólo 
me lo llenará ese alma 
que no me das. 
El alma que se recata 
con disfraz de claridades 
en tu forma del espejo.

El contemplado.

De mirarte tanto y tanto, 
de horizonte a la arena, 
despacio, 
del caracol al celaje, 
brillo a brillo, pasmo a pasmo, 
te he dado nombre; los ojos 
te lo encontraron, mirándote. 
Por las noches, 
soñando que te miraba, 
al abrigo de los párpados 
maduró, sin yo saberlo, 
este nombre tan redondo 
que hoy me descendió a los labios. 
Y lo dicen asombrados 
de lo tarde que lo dicen. 
¡Si era fatal el llamártelo! 
¡Si antes de la voz, ya estaba 
en el silencio tan claro! 
¡Si tú has sido para mí, 
desde el día 
que mis ojos te estrenaron, 
el contemplado, el constante 
Contemplado!

El alma tenias.

El alma tenías 
tan clara y abierta, 
que yo nunca pude 
entrarme en tu alma. 
Busqué los atajos 
angostos, los pasos 
altos y difíciles... 
A tu alma se iba 
por caminos anchos. 
Preparé alta escala 
—soñaba altos muros 
guardándote el alma— 
pero el alma tuya 
estaba sin guarda 
de tapial ni cerca. 
Te busqué la puerta 
estrecha del alma, 
pero no tenía, 
de franca que era, 
entradas tu alma. 
¿En dónde empezaba? 
¿Acababa, en dónde? 
Me quedé por siempre 
sentado en las vagas 
lindes de tu alma.

La forma de querer tú.

La forma de querer tú 
es dejarme que te quiera. 
El sí con que te me rindes 
es el silencio. Tus besos 
son ofrecerme los labios 
para que los bese yo. 
Jamás palabras, abrazos, 
me dirán que tú existías, 
que me quisiste: jamás. 
Me lo dicen hojas blancas, 
mapas, augurios, teléfonos; 
tú, no. 
Y estoy abrazado a ti 
sin preguntarte, de miedo 
a que no sea verdad 
que tú vives y me quieres. 
Y estoy abrazado a ti 
sin mirar y sin tocarte. 
No vaya a ser que descubra 
con preguntas, con caricias, 
esa soledad inmensa 
de quererte sólo yo.

Lo que eres.

Lo que eres 
me distrae de lo que dices. 

Lanzas palabras veloces, 
empavesadas de risas, 
invitándome 
a ir adonde ellas me lleven. 
No te atiendo, no las sigo: 
estoy mirando 
los labios donde nacieron. 

Miras de pronto a los lejos. 
Clavas la mirada allí, 
no sé en qué, y se te dispara 
a buscarlo ya tu alma 
afilada, de saeta. 
Yo no miro adonde miras: 
yo te estoy viendo mirar. 

Y cuando deseas algo 
no pienso en lo que tú quieres, 
ni lo envidio: es lo de menos. 
Lo quieres hoy, lo deseas; 
mañana lo olvidarás 
por una querencia nueva. 
No. Te espero más allá 
de los fines y los términos. 

En lo que no ha de pasar 
me quedo, en el puro acto 
de tu deseo, queriéndote. 
Y no quiero ya otra cosa 
más que verte a ti querer.

Perdóname.

Perdóname por ir así buscándote 
tan torpemente, dentro 
de ti. 
Perdóname el dolor, alguna vez. 
Es que quiero sacar 
de ti tu mejor tú. 
Ése que no te viste y que yo veo, 
nadador por tu fondo, preciosísimo. 
Y cogerlo 
y tenerlo yo en alto como tiene 
el árbol la luz última 
que le ha encontrado al sol. 
Y entonces tú 
en su busca vendrías, a lo alto. 
Para llegar a él 
subida sobre ti, como te quiero, 
tocando ya tan sólo a tu pasado 
con las puntas rosadas de tus pies, 
en tensión todo el cuerpo, ya ascendiendo 
de ti a ti misma. 

Y que a mi amor entonces, le conteste 
la nueva criatura que tú eras.

Tú no puedes quererme.

Tú no puedes quererme: 
estás alta, ¡qué arriba! 
Y para consolarme 
me envías sombras, copias, 
retratos, simulacros, 
todos tan parecidos 
como si fueses tú. 
Entre figuraciones 
vivo, de ti, sin ti. 
Me quieren, 
me acompañan. Nos vamos 
por los claustros del agua, 
por los hielos flotantes, 
por la pampa, o a cines 
minúsculos y hondos. 
Siempre hablando de ti. 
Me dicen: 
«No somos ella, pero 
¡si tú vieras qué iguales!» 
Tus espectros, qué brazos 
largos, qué labios duros 
tienen: sí, como tú. 
Por fingir que me quieres, 
me abrazan y me besan. 
Sus voces tiernas dicen 
que tú abrazas, que tú 
besas así. Yo vivo 
de sombras, entre sombras 
de carne tibia, bella, 
con tus ojos, tu cuerpo, 
tus besos, sí, con todo 
lo tuyo menos tú. 
Con criaturas falsas, 
divinas, interpuestas 
para que ese gran beso 
que no podemos darnos 
me lo den, se lo dé.

 

 

 

 

Pedro Salinas.






 
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